Elegir con sentido: más allá de los “debo” y los “tengo que”

En el camino hacia una nutrición integral, muchas veces creemos que lo importante es qué comemos. Pero hay algo aún más poderoso que los alimentos que elegimos: cómo nos relacionamos con ellos. Y esa relación comienza con nuestras palabras y con la forma en que nos hablamos a nosotros mismos al momento de comer.

Las palabras que pesan más que las calorías

¿Cuántas veces dijiste “debo comer más verduras” o “tengo que dejar el azúcar”? A simple vista, parecen frases inofensivas, incluso motivadoras. Pero en realidad, cargan con una presión que el cerebro puede interpretar como obligación y control, sobre todo cuando las decimos desde la culpa o la autoexigencia.
No se trata de evitar esas palabras por completo, sino de revisar desde qué emoción las decimos. Si surgen desde el cuidado y el propósito, pueden ser un recordatorio amable.
Pero cuando vienen acompañadas de juicio o presión, el cuerpo lo percibe como una exigencia, y esa sensación de obligación genera tensión y resistencia. Cuando vivimos la alimentación desde el “debo”, el cuerpo entra en un estado de alerta.
Esa tensión genera resistencia y estrés, dos emociones que interfieren directamente con la digestión, la absorción de nutrientes y el placer de comer.

El poder del lenguaje en la nutrición

El cerebro no distingue del todo entre una orden y una situación de amenaza. Cuando decimos “tengo que comer sano” o “debo cuidarme más”, el cuerpo puede interpretarlo como una presión o exigencia. Según investigaciones en neurociencia, los estresores psicológicos —como las obligaciones internas o la sensación de deber— activan los mismos circuitos cerebrales del estrés que las amenazas físicas reales (Frontiers in Behavioral Neuroscience, 2018; Harvard Health Publishing, 2018).
Así, comer deja de ser un acto de autocuidado para convertirse en una tarea pendiente. En cambio, si transformamos el lenguaje hacia lo positivo —por ejemplo, “elijo comer alimentos que me hacen bien” o “quiero nutrirme con lo que me da energía”—, el cuerpo responde con calma, gratitud y apertura. Esa diferencia sutil cambia por completo la experiencia: la nutrición se vuelve un acto de amor propio y no de deber.

Una experiencia que me hizo darme cuenta

Hace poco me pasó algo que me ayudó a comprender esto desde otro lugar. Elegí un alimento simplemente porque me llamó la atención a la vista. En ese momento, mi impulso fue seguir el deseo inmediato —“esto se ve riquísimo, quiero probarlo”—. Sin embargo, después de comerlo, noté que no me cayó del todo bien… y además, me di cuenta de que no era tan rico como había imaginado a primera vista. Fue una experiencia simple, pero muy reveladora. Me hizo ver que elegir desde el impulso no siempre significa elegir desde el bienestar. Y aprendí que, para la próxima, puedo tener en cuenta también a mi “yo posterior”, ese que agradece cuando el cuerpo se siente liviano y cómodo. No se trata de reprimir el deseo, sino de integrar la experiencia y elegir desde una conciencia más completa.

Nutrirte con propósito: la verdadera motivación

En Japón, existe una filosofía llamada Ikigai, que enseña desde edades tempranas a no actuar por obligación, sino por sentido. No se trata de “deber” sino de “para qué”. Esa conexión con el propósito mantiene el cerebro enfocado, motivado y en equilibrio. Cuando trasladamos esta mirada a la alimentación, descubrimos que comer con sentido es mucho más poderoso que comer por deber. Porque cuando entendemos para qué algo nos hace bien, el cuerpo y la mente colaboran naturalmente. Hay menor resistencia interna, y atender mi salud se transforma en un acto amable, no en una meta que me exige.

Un ejercicio para empezar hoy

1. Durante un día, observá cada vez que digas “debo” o “tengo que” en relación a la comida.
2. Reemplazá esas frases por “elijo”, “prefiero”, o “me hace bien”.
3. Sentí la diferencia. Notá cómo cambia tu estado emocional y cómo respondés a los alimentos.

Pequeños cambios en el lenguaje —y en la escucha— pueden abrir grandes puertas a una relación más saludable, consciente y placentera con la comida. Recordá: alimentarte bien no es una obligación, es un acto de amor y de sentido.

Fuentes consultadas Frontiers in Behavioral Neuroscience (2018): “The Stress Response: Neural, Endocrine and Behavioral Adaptations.” Harvard Health Publishing (2018): “Understanding the Stress Response.”